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sábado, 22 de octubre de 2011

Pomata en el área Lupaca: La Iglesia en el siglo XVI e inicios del XVII


Roger R. Gonzalo Segura (*)
rrgonzalo@pucp.pe
En lo religioso los aimaras pomateños rinden culto a las deidades naturales a través de la ch'uwa, t'inka, ch'alla, donde la coca, el copal, el incienso, el vino, los caramelos de misa, agua y algunas yerbas sagradas son elementos que no deben faltar. Estos son rituales que se realizan con diversos propósitos relacionados con las actividades económicas, la salud, el matrimonio, los estudios, los viajes, entre otros proyectos de vida, y el que dirige la ceremonia religiosa es el yatiri o sabio que puede ser varón o mujer. Los rituales se realizan en la lengua aimara, bien en el domicilio o bien en algunos lugares según “indique la coca”, aunque también es común realizar rituales en castellano en lugares sagrados muy concurridos como Copacabana y San Bartolomé de Juli. Según la cosmovisión de los pomateños, son lugares sagrados, entre tantos, las principales elevaciones o montañas donde hacen el llamado a los apu, los achachila. Los más importantes son el volcán apagado Qhapiya achachila de Pomata, el cerro hoy llamado San Bartolomé en Juli, el sitio Qhut'apata de Zepita, el cerro de Copacabana y Juana de Bolivia. Los lugares sagrados también son aquellos sitios donde habría ocurrido algún fenómeno meteorológico.
Copacabana (lugar histórico de acceso a las islas bolivianas sagradas de los incas llamadas Titiqaqa y  Quwati) es uno de los sitios sagrados importantes de peregrinación para los aimaras. De allí los aimaras recogen simbólicamente el agua, la tierra y piedras para muchos propósitos; del mismo modo, ahí, en el cerro se construyen simbólicamente edificaciones, casas, se obtienen “títulos profesionales”, “títulos de propiedad”, “partidas de matrimonio”, “pasaportes”, “se compran animales”, “negocios”, “contrato de trabajo”, entre tantas cosas. Todo lo adquirido en Copacabana sirve para exponer en la comunidad el día de San Lorenzo (agosto) donde puede apreciarse a hombres y mujeres de toda edad “jugando” a la compra-venta de objetos en miniatura como si éstos tuvieran existencia real. En verdad, todo es en serio; no se trata de un juego: es una manera de formular diversos proyectos de vida. El “agua bendita”, en todo tipo de rituales, es el elemento muy apreciado por los aimaras, la cual antes se recogía de una fuente, en uno de los interiores de la iglesia de Copacabana, pero hoy se dispone a través de la cañería, y cuando se agota no hay más remedio que comprarla en la misma iglesia, previamente embotellada y etiquetada.
Antes de la llegada de los misioneros, la religión de los aimaras del altiplano partía de la relación íntima con la naturaleza proveedora del bienestar de la comunidad. Eran sagrados los altos cerros o achachila, las fuentes de agua, la misma tierra, los rayos, el sol, la luna. Imaginamos en la existencia de las huacas que posteriormente caerían bajo el martillo de los extirpadores de “idolatrías” ante el horror de los que vieron. Para entender este golpe mortal a la espiritualidad de los aimaras y todo el mundo andino, imaginémonos hoy el impacto en el colectivo católico limeño la destrucción del Señor de los Milagros de un dinamitazo ante los ojos de ellos. Tal fue, sin duda, el pánico de los nativos de diversos lugares del Perú que han tenido que presenciar la destrucción o muerte de sus dioses. Sin embargo, el katari y sus achachila, espíritus vivientes, deidades andinas, cobran vigencia en la vida de los aimaras de hoy. La voz katari aún puede ser escuchada muy viva en boca de los sacerdotes “improvisados”, despreciados, harapientos, alcoholizados, pero no olvidados ni definitivamente desterrados de los lugares sagrados marcados por la cruz católica, porque sus oficios hoy son valorados para llevar adelante diversos y difíciles proyectos de vida de los aimaras de esta parte del altiplano. Ni las vírgenes provistas de espadas, ni el matamoros apóstol Santiago armado sobre su caballo blanco, ni los crueles extirpadores de “idolatrías”, ni los curas ortodoxos pudieron con el alma de los aimaras y sus dioses.
Ahora bien, vamos a presentar la historia del catolicismo en la provincia de Chucuito con especial énfasis en los hechos que sucedieron en Pomata. Los dominicos fueron los primeros en llegar al altiplano en 1534. El primer misionero que llegó a la provincia de Chucuito fue Fray Tomás de San Martín (Tamayo 1982: 54). Así, desde ese año, los dominicos “comienzan la evangelización de la provincia del Collao, cuyo centro de operaciones lo establecen en el pueblo de Chucuito. Unos veinte años después, la Orden contaba en la región con un total de dieciocho casas” (Armas 1953: 141). Pomata, hacia 1540, ya tendría una capilla de importancia (Gutiérrez 1978). En 1548, “Fr. Andrés de Santo Domingo y Fr. Domingo de Santa Cruz fueron destinados a evangelizar Juli, Copacabana, Pomata, Yunguyo, Ilave, Zepita, Chucuito y todos los contornos y riberas del lago Titicaca” (Álvarez 1992: 32). Las edificaciones que aparecieron bajo la gestión de los dominicos son los templos de Santa Bárbara en 1555, San Pedro en 1565, San Juan en 1570, y entre otras casas en Chucuito, Juli, Copacabana, Pomata, Ilave, Ácora, Yunguyo y Zepita (Tamayo 1982: 54).
En 1567, Garci Diez de San Miguel, según su «parecer», cuestiona la manera como se malgastaba la riqueza producto del trabajo y tributo de los aimaras de Pomata en la construcción de la iglesia, y además, nos revela muchas incongruencias en los gastos, los engaños a los cuales los «indios» eran sometidos al comprárseles a precios irrisorios su ganado y la explotación de éstos a través del trabajo gratuito o la mita:
“En las iglesias de las dichas siete cabeceras han hecho los religiosos excesivos gastos en las obras de ellas y en ornamentos y no tengo en tanto lo que en ello se ha gastado como ver que se ha gastado sin cuenta y razón porque por el quipo que dieron los indios parece haber dado en plata y ganado que se ha vendido para la obra de la iglesia de Pomata de dos mil pesos / arriba contando el ganado a menos precio de lo que los indios dicen que valía y esto solamente de las manos de oficiales y ornamentos sin la madera que se gastó en la dicha iglesia y aposentos de los frailes y ladrillo y teja y piedras y cal y peones que de esto como lo han hecho y puesto el trabajo entre los indios por sus mitas no tienen la cuenta de ello más de que me parece conforme a la obra que está hecha ya que la madera la traen cuarenta leguas y para traer una viga son menester muchos indios que valdrán estos materiales y jornales de indios otros veinte mil pesos más por manera que se habrán gastado en la dicha iglesia de treinta y dos mil pesos arriba todo lo cual recibió y gastó un Fray Agustín de Formizedo que residió en la dicha doctrina que al presente está en Moquegua”. (Diez de San Miguel [1567] 1964: 231-232)
Un hecho muy especial de la presencia dominica en Pomata es la designación del sabio loperano Fray Francisco de la Cruz [1], quien llega a Lima a inicios del año de 1562. “Durante ocho años su actividad espiritual es allí modélica; también desempeña altos cargos docentes y de gobierno. A partir de 1570 empezará a nublarse su horizonte, y ocho años después su cuerpo quedará convertido en cenizas [un domingo 13 de abril de 1578]” (Morales 1992: 332), bajo los cargos de «hereje pertinaz, heresiarca, dogmatizador de nueva secta, y errores». Se dice que Fray Francisco llega a defender su tesis, considerada alumbradista, sosteniendo que «el pueblo de Israel eran las Indias» (Morales 1992: 340). Al respecto, Flores Galindo escribe: “Un lejano discípulo de Las Casas, el dominico Francisco de la Cruz, anunciará años después en la capital del virreinato peruano la destrucción de España y la realización del milenio en las Indias” (Flores Galindo 1987: 31). Tal parece que estas afirmaciones fueron maquinadas por sus enemigos y secundadas por el virrey Toledo.
Sobre el paso del desdichado Fray Francisco de la Cruz por Pomata, que habría sido antes de 1566, se tiene noticias que siguieren que el religioso se habría quedado en este pueblo o, al mismo tiempo, en Yunguyo, unos cuatro años como doctrinero (Abril 1988: 15; Millar 2007: 386), para luego desempeñarse como prior en Charcas. En su estadía, habría desarrollado un trabajo realmente antropológico realizando sus esfuerzos religiosos en adaptar los himnos nativos, entre otras vivencias, a la liturgia católica. Producto de esta relación casi íntima con los aimaras y uros de estos lugares habría escrito su Doctrina Christiana, y quizá otras obras más, las que no nos han llegado porque creemos que fueron llevados a la hoguera junto a él. En todo caso, lo imaginamos cantando con los aimaras, reuniendo niños, dialogando amicalmente con ellos, tratando de pronunciar algunas frases aimaras. Tanta compenetración con los «indios» y una empatía religiosa hacia ellos habrían llevado a este dominico a postular ideas no admitidas por la iglesia de esos tiempos. Estos hechos tendrían que haber sido sugeridos por el religioso para la evangelización de los nativos, y pronto sus enemigos habrían de maquillar sus ideas para llevar adelante el fraudulento proceso inquisitorial en su contra.
Sobre lo anterior, Morales escribe:
“Será enviado también durante una temporada a la doctrina de Pomata en donde se compenetra más con los indios y entiende las particularidades de su carácter. Luego lo destinan como Prior al convento de Santo Domingo de los Charcas, y allí estaría durante seis meses. Posiblemente es entonces cuando se le ocurrió la idea de escribir su Doctrina Christiana que fue realmente un sencillo catecismo dedicado a aquellos indios. La obra estaba terminada cuando se celebró el Capítulo Provincial de Lima, en la primavera de 1569, ya que lo mostró allí a petición de los asistentes al mismo. En ella daba pautas que debían seguirse para adoctrinar a los indígenas, de un modo claro, en las verdades de la fe cristiana. Este libro debió desaparecer cuando la Inquisición apresó a su autor y se llevaron todo lo que había en su celda.” (Morales 1992: 334)
De acuerdo con Fernando Ayllón, un autor pro-católico, la tesis de Fray Francisco, entendida desde el punto de vista de los inquisidores, “no sólo era contraria a los dogmas católicos sino abiertamente subversiva: enfrentaba al Rey Felipe II proponiendo, inclusive, el nombramiento de otro monarca para el virreinato e instigando a la población a alzarse contra el dominio de la metrópoli. […] Fray Francisco también cuestionaba el derecho de España para conquistar estas tierras” (Ayllón 1997: 468). Hasta hoy, los autores que representan a la iglesia no parecen perdonar la “osadía” del sabio dominico: “Tanta resistencia debieron encontrar los misioneros en su labor de extirpar la poligamia, que Fray Francisco de la Cruz llegó a defender la conveniencia de admitirla para más fácilmente cristianizar a los indios; error que naturalmente, escandalizó a teólogos y misioneros y le hizo reo del Santo Oficio” (Armas 1953: 131). Nosotros creemos que la requisa de los documentos personales de Fray Francisco nos ha privado para entender el grado de acercamiento y comprensión de la vida no sólo de los aimaras pomateños sino de todos a los que se llamaron «indios». Sin embargo, hoy sabemos que el proceso a Fray Francisco de la Cruz, quien fuera predicador, privado del virrey y del arzobispo, consultor de la inquisición, catedrático y rector de San Marcos, fue un litigio fraudulento de una evidente prevaricación llevada por la burocracia de aquellos tiempos. Según Vidal Abril Castelló “el largo expediente promovido por la Inquisición de Lima permite observar […] los abusos de poder, la degeneración del derecho y la manipulación política del nombre de Dios” (citado por Hampe 1997: 345).[2]

Ahora bien, vamos a remitirnos a otras fuentes para informarnos algo más del funcionamiento de la iglesia en el área Lupaca. Según la Tasa de la visita general (1575) «[e]n el pueblo de Pomata residen tres sacerdotes clerigos lleva cada uno de ellos por su salario setecientos y sesenta pesos de la dicha plata» (Cook 1975: 81). El virrey Toledo, para “aliviar la conciencia” del rey Felipe II porque a los “súbditos” o “hijos” de su encomienda real les había subido la tasa de 20.000 pesos, asentada en 1567, a 80.000 pesos (de los cuales la corona se apropiaba de 54.000) (Julien et al. 1993: xxi) y cuadruplicado el número de personas que debían ser enviados a Potosí, manda la creación de hospitales y pensó “mejorar” la vida de los “indios” ofreciendo buenos salarios (el más alto que en las provincias vecinas) a los curas doctrineros de la provincia de Chucuito.
El siguiente fragmento del informe de 1619 del obispo de La Paz, Pedro de Valencia,[3] refleja los “logros” de los religiosos en Pomata, la infraestructura de la parroquia, la población, el número de “indios” enviados a Potosí:
“Pomata tiene tres yglecias parrochiales una pila Baptismal en cada una. La advocacion de la maior es Santiago, [4] San Martin, San Miguel. La mayor es templo acavado y muy bueno. Las demas son ramadas donde con yndecencia se selebran los divinos oficios. Estan estas parrochias a cargo de tres religiosos sacerdotes de la orden de Sancto Domingo. El asiento deste lugar es en una ladera entre dos cerros orilla de la laguna de muy buenas aguas y temple. En la ultima revisita que se hizo se hallaron en este lugar dos mil y ciento y tres yndios aymaraes y uros. De estos ban a la de Potosi docientos y setenta y tres, y quedan en el dicho pueblo que se administran en las dichas tres parrochias un mil y ochocientos y treinta repartidos por ayllos de manera que conoscen sus parrochias.” (Julien et al. 1993: 172)
La corrompida administración no sólo de los hospitales sino de diferentes instituciones coloniales dirigidas por personas nombradas por el virrey o los gobernadores hicieron que los aimaras perdieran toda confianza en la “fe” cristiana y encontraran la manera de evadir tanta hipocresía de los españoles, sumado el silencio cómplice de los sacerdotes, huyendo a las punas entre otros lugares donde estos personajes altamente incómodos para su vida diaria no podían alcanzarlos ni con sus abusos, ni con el arcabuz, ni con el azote de la cruz y la biblia. Las abusivas prácticas coloniales en detrimento de los aimaras y uros de hecho que fueron permitidos por sus mismos curacas, frente a las cuales la iglesia era prácticamente inoperativa porque sus alas fueron cortadas por las disposiciones que se dieron desde las “bien intencionadas” disposiciones del virrey Toledo, cuyos resultados fueron a todas luces un rotundo fracaso, aunque no para los bien asalariados sacerdotes, burócratas coloniales, curacas y familia. En el siguiente extracto del informe del obispo quejoso de La Paz, es muy elocuente para retratar la vida de los pobladores de Chucuito:
“Muy lastimosa no ay lugar en la dicha provincia que no está arruynado, caydo y perdido, sin que en ninguno dellos los yndios hagan poblacion y asi estan las casas caydas y muy pocas o ningunas habitadas. Sin embargo de que en la revisita que poco ha se ha hecho se ha hallado tanta gente tributaria que con ella de gente ynutil y chusma de muchachos y muchachas es muy grande el numero de almas que se avian de sacramentar y doctrinar.
En las parrochias no ay enseñanza de doctrina ni en ellas se administran los sanctos sacramentos como se devia y era justo porque los dichos yndios no asisten en los dichos lugares. Y asi me sertifican los dichos curas beneficiados que los dichos yndios eran muy perdidos en sus ydolatrias hechiserias y ritos antiguos que son raros los niños que se baptizan con la solemnidad que la yglecia ordena sino que con achaque de que se estan muriendo les echan agua saliendo a los caminos a que se la echen los religiosos y sacerdotes que pasan. Y algunos no lo hazen asi sino se quedan sin baptismo todo a fin de que no aya razon de ellos ni se asientan en los libros de baptizados y se mueren por los campos sin el sacramento de la penitencia y extrema uncion. Cosa lastimosa y digna de que Vuestra Magestad la remedie ayudando para las diligencias que yo deseo hazer para remediarlo. Nascen estos yncombenientes de estar los dichos yndios en los campos, punas guaycos, y quebradas retirados por ser como son enemigos de estar a los ojos de los sacerdotes que entienden sus malas costumbres. Y con achaque de que la mita de Potosi descompone la doctrina y enseñança de ellos despueblan los dichos lugares y se ban retirando por las punas a las cercanias de los valles calientes, adonde viven una vida licenciosa [i. e. libertina, corrompida, viciosa] y mala, usando de maior libertad en su mala vida que la que tuvieron en su gentilidad. Y a esto ayudan sus caciques principales, por sus fines particulares, porque todos son aunque ladinos yncapaces de la christiandad y buenas costumbres. Y pluuiera [sic: pluguiera] a Dios no los ubiesse y se quitasen estos caciques que son la raiz de todos los males de los yndios. Tienen perdido el miedo y respeto a los sacerdotes que los doctrinan amenaçandolos con las visitas que se les hazen lebantandoles muchos testimonios poniendoles demandas ynjustas que les es facil probar, de donde los dichos sacerdotes estan medrosos [i.e. temerosos] y aflojan en la execucion de sus oficios temerosos de no perder la honrra. […] Los yndios son maltratados y vejados con castigos muy graves y rigurosos, y resciven muy grandes agravios, por las mitas y servicios personales que han de hazer en los tambos a los españoles passageros, y a los que asisten en los lugares y por las minas de Potosi, y para los tragines y grangerias de los corregidores ay grandes rigores. Y para que los dichos yndios vengan, esten, y parescan a ser doctrinados no ay ministro de justicia que sobre este dé un solo passo y de aqui nasce que muchos de los yndios que avian de yr a las mitas de Potosi alquilan otros que lo hagan por ellos. Y estos se escusan de venir a missa y a las confessiones y otras obras piadosas diziendo que son yndios de la mita de Potosi y que no tienen obligacion de venir a missa ni a otras cosas de christianos.” (Pedro de Valencia 1619, en Julien et al. 1993)
A continuación, vamos a referirnos a la llegada de los jesuitas al territorio lupaca, por ser éstos los que mejor han compenetrado en la vida de “sus indios”. Un número 7 de 8 jesuitas (porque murió uno en el camino) arribó al Callao a fines de marzo de 1568. El primero de abril los jesuitas entran a Lima luego de cinco meses desde su salida de España (Nieto 1992: 194). Estos sacerdotes “en 1576 ya eran 75; y en 1600 llegaban a 282 esparcidos desde Quito hasta Santiago y Tucumán” (Albó 1984: xiv). En noviembre de 1576, llegaron a Juli quienes, según las apreciaciones de Albó, sentaron las bases de “un modelo de sociedad cristiana con cierta autonomía frente a los poderes coloniales” (Albó 1984: xvii). A partir de entonces, la “comunidad jesuita de Juli de ordinario incluía 10 sacerdotes y dos hermanos […] Todo este personal se dedicaba exclusivamente al ministerio de la población nativa” (Julien et al. 1993: xxiv). Entre los jesuitas, mención especial se merecen los padres Lvdovico Bertonio, por su monumental legado expresado en su Vocabvlario del aimara de 1612 y su Arte o gramática, y Diego de Torres Rubio, quienes dejaron trabajos lingüísticos sobre la lengua de los lupacas, y especialmente las obras del primero no tiene parangón y es una fuente inagotable de datos consistentes en giros, puquinismos, maneras, inusitados matices, expresiones interpretables en situaciones especiales, que reflejan la psicología, los conocimientos, creencias y la vida misma de los aimara-hablantes de hace unos cuatro siglos atrás.
Por eso y muchos más, las obras del jesuita Bertonio no deben faltar en la biblioteca de los aimaristas. (Los quechuistas también tienen a Diego González Holguín quien publicó su colosal Vocabulario en 1608).
El meritorio trabajo de este grupo de sacerdotes por cerca de dos siglos sería interrumpido por una bárbara disposición que llega desde el otro lado del mundo. Los jesuitas en España serían expulsados por Carlos III en 1767, y en el Perú este hecho tendría su casi inmediata repercusión:
“Los jesuitas que durante doscientos años habían logrado estructurar su república teocrática y misional […], fueron expulsados de Juli el 4 de setiembre de 1768, por el gobernador de Chucuito, marqués de Haro, quien cumplía las órdenes del Virrey Amat, [que casi] origina un motín popular de los indios protegidos por el marco misional, las campanas dieron la señal de alarma, los indios de los aillos al sonido de los pututos empezaron a afluir al pueblo en defensa de sus queridos [curas].” (Tamayo 1982: 68)
Para finalizar esta parte es necesario resaltar la historia que se maneja oralmente por los pobladores ancianos de las comunidades campesinas de Pomata sobre sus fiestas católicas y sus borracheras. Cuentan que antes tenían la “obligación moral” de pasar de mayordomo o alferado (= alphirisa) en Pomata, asumiendo todos los costos que demandaba la compra del alcohol de 40º y comida para todos. Era un honor para el comunero hacerse de “alferado” y “ser considerado” jaqi ‘persona’ en la comunidad, por lo que para tener la “oportunidad” de pasar el mayorazgo fiestero, según cuentan, el interesado tenía que sobornar al cura o sus allegados regalándoles “gallinas, huevos, carneros” para que éste mencione públicamente quien sería el “alferado” para el año siguiente, sea para el día de Santiago apóstol en julio o la virgen del Rosario en los primeros días de octubre. Más tarde, por los años 50 del siglo pasado, dado el crecimiento de la población, decidieron romper con el “centralismo” pomateño construyendo sus propias iglesias en las mismas comunidades y “compraron” sus propios santos y vírgenes: Apóstol Santiago de Qäma (que es una fiesta muy grande hasta hoy), Virgen de las Mercedes y San Isidro en Chatuma, Santa Rosa de Lima de Ticaraya, la Santa Trinidad de Batalla, octava de Santiago de Chimbo, etc. Casi desaparecen estas fiestas muy costosas que conducían inevitablemente al empobrecimiento de los comuneros. Además, este hecho también es alentado por la aparición de una universidad en Puno y otras instituciones educativas, y los campesinos decidieron invertir en la formación profesional de sus hijos. Si antes había un mayordomo voluntario, hoy los residentes de Lima, Tacna, vuelven a sus tierras precisamente en sus fiestas patronales, mostrando ante la comunidad sus logros económicos y de “lo bueno que es vivir en las ciudades” en medio del “dinero” y la “buena vida”. Sumaki thuqt'asipxaata Pumat'a markana, jilata kullakanaka.
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NOTAS:
[[1]] Fray Francisco de la Cruz (Francisco García Sánchez nació en Lopera, Jaén, hacia 1530) emprende su marcha al Perú a ruego de Fray Domingo de Santo Tomás. Por sus virtudes de hombre valioso, bueno, recto, estudioso y reformador de su orden, hubo superiores que se opusieron a que abandonase España. Entre unos 50 religiosos, el sabio dominico llega a Lima junto a Fray Domingo de Santo Tomás, quien ya había estado en el Perú desde 1540, a inicios del año de 1562 (Morales 1992: 331-332). En enero de 1566, siendo Rector de la universidad limeña, a través de una carta dirigida al rey Felipe II, solicita una renta para la formación de frailes en el Perú, al mismo tiempo que pide, sin éxito, la implantación de la Inquisición en esta región para cortar «las idolatrías de esta tierra» y atajar el deterioro de la fe. Pero, más tarde, el Tribunal es instituido por el rey en 1569, designando a Toledo como virrey y a Cerezuela y Andrés de Bustamante como inquisidores (De Armas 1953: 575; Guibovich 2003: 59-60; Morales 1992: 333). Doce años después, este mismo Tribunal condenaría a Fray Francisco a la hoguera. El hijo que tuvo el sacerdote con Isabel de Valenzuela, llamado Gabriel o Gabrielico (Ángel Bueno) y bautizado por él mismo, habría nacido a mediados de 1571. El niño habría vivido en Lima sus tres primeros años y luego sería llevado a Trujillo por su madre, quien desaparece de la escena, sin antes haberse defendido “con honor e intentar encubrir el nombre del padre de su hijo” (Morales 1992: 339).
[2] Este proceso contra Fray Francisco de la Cruz fue producto de un conflicto político-religioso entre el virrey Francisco de Toledo y los dominicos. Éstos eran un obstáculo para los planes reformistas del virrey y combatieron sus métodos y sentidos. De manera que, entre los planes de Toledo, estuvo el hecho de reducir la injerencia política de las órdenes religiosas quienes, según el virrey, actuaban bajo el pretexto de amparar a los fieles indígenas, y, especialmente los dominicos, habían alcanzado excesiva autonomía. Por tanto, el virrey influye en la realización urgente de tres objetivos: “1) la reasignación de las doctrinas de la provincia de Chucuito, de donde fueron expulsados los dominicos; 2) la secularización de la Universidad de Lima, que estuvo albergada originalmente en el convento de Santo Domingo; y 3) el proceso inquisitorial contra fray Francisco de la Cruz y sus cómplices del delito de herejía” (Hehrlein 1992, citado por Hampe 1997: 345).
[3] Este informe (Biblioteca Británica ADD13977, ff. 201-204v) sobre la organización eclesiástica de la Provincia de Chucuito, fue escrito por el obispo de La Paz, Pedro de Valencia, firmado el 20 de marzo de 1619.
[4] El Convento de Santiago aparece mencionado entre los conventos dominicanos en el territorio lupaca, hacia 1586 (Álvarez 1992: 28).
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BIBLIOGRAFÍA:
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(*) Profesor de Sección de Lingüística del Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú.